Tras las huellas de los poetas por Europa del este

Mihaly Vorosmarty, Budapest

Hoy os proponemos otra visión sobre Europa del este. Una especie de recorrido friki, si se quiere llamarlo así, a través del bronce y del laurel. Porque hoy os llevamos por las capitales orientales siguiendo las huellas de las estatuas erigidas en memoria de algunos de los más grandes poetas de la región.

“A tu patria, inquebrantable / permanece fiel, oh húngaro” ( Szózat, Mihaly Vörösmarty). Nuestra ruta empieza en partiendo de esta ciudad tan deslumbrante que se le da el epíteto de la París del Este (a lo mejor resulta que es París la Budapest del Oeste, pero, bueno, ya se sabe quien escribe la historia). Para ser exactos, empieza en Pest, en una de sus plazas más emblemáticas y que, no podía ser de otra manera, toma su nombre del gran vate nacional Mihaly Vörösmarty (1800-1855).

Allí, central, se encuentra el monumento riguroso, obra del escultor Ede Kallós, que consagra a Vörösmarty, cuyos versos recorren sin esfuerzo los labios de los húngaros con tanta frecuencia. Por cierto que ya en esa plaza no dejaremos de echarle un ojo al café Gerbeaud, famoso por su tradición de dulces y pasteles.

“Oh, mi pequeña mariposa/ ¿querrías por favor acercarte a mí?” (Un niño y una mariposa, Jovan Jovanovic Zmaj). Si desde Budapest cogemos el tren hacia el sur para entrar en Serbia (unas buenas horas de viaje que deberíamos aprovechar de algún modo: ¿tal vez leyendo la traducción inglesa de Vörösmarty que compramos en la capital húngara?), podemos bajarnos en Novi Sad, segunda ciudad de Serbia con más de doscientos mil habitantes.

Novi Sad es una ciudad llena de ajetreo, con mucha historia y al mismo tiempo con muchos jóvenes por sus calles. La sobria estatua de Jovan Jovanovic Zmaj (1833-1904), poeta oriundo de la ciudad y célebre por sus coplillas para niños, está situada en una céntrica calle por la que Jovanovic acostumbraba caminar.

“Oh poemas, mis pobres huérfanos…vuestro padre os abandona harapientos” (Si muero joven, Branko Radicvic). No muy lejos de Novi Sad (¡quién lo diría calculando el tiempo que se toman los trenes en Serbia en su pausado transitar!) ya nos espera Belgrado. De entre el repertorio de monumentos de la capital serbia, optaremos por visitar la efigie del mayor poeta serbio del diecinueve, junto con Jovanovic.

Se trata de Branko Radicevic (1824-1853), muerto antes de los treinta, como buen romántico, bien que haya sido un autor capaz de una evolución artística, pese a se breve vida, que rebasaría la prosopopeya romántica. Su estatua se levanta en el Kalemegdan, a las puertas de la ciudadela antigua, debajo y en las proximidades de varios árboles, por lo que habrá que afinar la vista para no pasar de largo.

En Zagreb no tendremos dificultar para dar con la estatua de Petar II Preradovic (1818-1872), poeta croata que compuso sus primeros versos en alemán, presidiendo la plaza homónima, lugar colorido repleto de flores, restaurantes, hoteles y tranvías. Pero aquí no nos quedaremos mucho tiempo, pues ya nos dirigimos a Ljubljana, la amable y acogedora capital de Eslovenia.

“Vivan los pueblos que anhelan ver el día…en el que las guerras acaben” (Brindis, France Preseren). En el corazón mismo del casco antiguo de Ljubljana se halla el monumento al héroe nacional esloveno así como uno de los poetas más conocidos fuera de las fronteras de todo lo que fue Yugoslavia.

Se trata de France Preseren (1800-1849), que estudió Filosofía y Derecho en la ciudad de Viena (conocía a la perfección el idioma de Goethe), y cuyos versos (dos estrofas de su poema Brindis) forman parte de la letra del Himno de Eslovenia. La estatua brocínea de Petersen, con la musa sosteniendo sobre su cabeza la rama de laurel que desde Grecia corona a los poetas, junto al río, contempla anhelante el bajorrelieve, en la pared de un edificio próximo, de su amor imposible Julija Primic.

Todos estos poetas, en general románticos, vivieron en el siglo XIX. Es decir, cuando sus pueblos formaban parte del imperio de los Habsburgo. Sin embargo, en todos ellos alienta el espíritu de una conciencia nacional, aunque en grados y en formas diversas. Por eso, cuando a lo largo del siglo veinte las banderas se vayan multiplicando (dejando a su paso un reguero de sangre), cada uno de ellos será reivindicado, santificado, glorificado, por su respectivo pueblo. Son como niños.

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Categorias: Rutas turísticas



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