El Castillo de Mir, Patrimonio de la Humanidad en Bielorrusia

Castillo de Mir

El Castillo de Mir, localizado en la homónima localidad de Bielorrusia y dentro de la provincia de Karelichy (Goradnia), es uno de los lugares imprescindibles para visitar en el país y está a poco menos de 30 km del Castillo de Nesvizh, otro de los mayores atractivos turísticos del país. Declarado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000, el Complejo del Castillo de Mir es un castillo con toques de estilo renacentista y gótico cuya construcción comenzó allá por los últimos años del siglo XV.

Durante su historia, el castillo cambió de manos en varias ocasiones, ya incluso desde su construcción. Le correspondió al duque Ilínich y posteriormente a Mikołaj Krzysztof el darle los últimos toques al castillo, añadiendo cada uno de ellos detalles arquitectónicos distintos, así como edificar un palacio anexo al castillo entre los muros Norte y Este de la fortificación. Este palacio cuenta con tres plantas, fachadas en yeso y caliza y adornados balcones y ventanas.

Durante la mayor parte del siglo XIX, el Castillo de Mir permaneció en estado de total abandono, además de sufrir en sus muros el empuje de las tropas napoleónicas, las cuales produjeron diversos daños a su estructura. Fue a finales de ese siglo cuando se decidió emprender su reconstrucción, cuando en 1895 la propiedad pasó por herencia a manos de Michail Sviatopolk-Mirski, quien reformó el castillo con la ayuda del arquitecto Teodor Bursze.

Hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el Castillo de Mir perteneció a los Sviatopolk-Mirski, momento en el que las tropas de ocupación alemanas lo utilizaron como lugar de retención para judío, antes de ser enviados a los terribles campos de exterminio. Una vez finalizada la guerra, sirvió como sede para la jefatura de Policía del Estado (durante la era soviética) hasta 1981, cuando se reforma para acoger una escuela.

Desde el año 1987, el castillo se ha convertido en un museo, dirigido por Yuri Karachun, quien además se encargó del largo proceso de restauración y que fue reconocido por su labor en 1993 con la entrega del Premio Europa.

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