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Rumania no quiere que Drácula sea su imagen

La cultura popular de una nación define como pocas a la idiosincrasia y al estilo de vida de un lugar. Principalmente, porque se trata de un folclore que se transmite de generación en generación casi como una herencia genética que corre por las venas de cada habitante de ese lugar. Sin embargo, puede que una embolia cultural termine por ahogar algunas de esas historias célebres de la vida diaria, sobre todo cuando por razones relacionadas con el turismo y sus recaudaciones un país abandona alguna de sus tradiciones más arraigadas.

Y así es como llegamos a Rumania y su Conde Drácula, el famoso vampiro que chupaba la sangre de sus víctimas en la tenebrosa Transilvania, hogar de la diabólica criatura. Conocido en la vida real como Vlad Dracul, la historia nació en torno a este príncipe de Valaquia que vivió en el siglo XV torturando y empalando a sus enemigos. La anécdota cuenta que mientras realizaba el tenebroso trabajo solía comer sentado en una mesa recogiendo la sangre que caía de los cuerpos para beberla y remojar el pan en ella.

Pero volviendo a la actualidad y según podemos ver, el Conde Drácula no es una figura muy marketinera para ser la imagen de un país y es por eso que el Ministerio de Turismo de Rumania quiere borrarlo de la escena, optando por otras “cosas” que, de acuerdo a la ministra de turismo, pueden ser promovidas como marca. Por lo bajo, las voces aseguran que el temible Drácula es demasiado siniestro para transformarse en símbolo de un país aunque el problema es que en forma espontánea y a lo largo de los años se ha transformado en la gran razón por la cual muchos turistas se acercan a este país olvidado de Europa del Este.

El castillo donde vivió el príncipe ofrece visitas guiadas y reúne a miles de turistas al año que ansiosos y con una buena dosis de morbo desean conocer los secretos ocultos del vampiro más famoso del mundo. ¿Por qué negar su importancia entonces?