Con Kant por Kaliningrado

Kaliningrado

Kaliningrado es una ciudad a orillas del Báltico, sita en la región rusa del mismo nombre que se halla entre Polonia y Lituania. Hasta hace poco más de sesenta años Kaliningrado se llamaba Königsberg, importante y señorial capital de la Prusia oriental desde la Edad Media, cuando se desarrolló alrededor del castillo de la orden Teutónica (1255).

Tenemos fotos de aquel castillo. Bueno, no de aquel castillo exactamente, pero sí del aspecto que tenía, tras diversas transformaciones a lo largo de tanto tiempo, a finales del siglo XIX. ¡Se le ve tan hermoso…! Con un pared de fortaleza antigua tras la que emerge una delicada torre barroca. Pero era un símbolo del imperialismo prusiano, claro. Se comprende que lo hubiesen demolido en tiempos soviéticos. Además que poco quedaba ya, tras los bombardeos de la guerra.

Después de 1945 era poco lo que quedaba en pie de la coquetona ciudad de antaño, pisoteada diaria y ensimismadamente por aquel curioso personaje, del que tantas burlas hicimos en el instituto, ustedes, yo y cualquier hijo de vecino. Tal vez lo aburrido de las clases de filosofía hacía que los profesores escapasen con gusto al terreno de la anécdota (terreno que es sin duda muy sabroso). Y una anécdota repetida sí o sí año tras año era la que refería el escrupuloso respeto seguido por un mesurado profesor de filosofía en lo tocante a los horarios de sus costumbres. Por ejemplo, a la hora de salir de paseo, a la hora de cruzar tal o tal puente, a la hora de regresar a casa.

La aparente mesura del señor Inmanuel Kant (¿ya lo habían adivinado, verdad?), el hijo insigne de Kaliningrado cuando todavía era Königsberg, no deja de esconder un punto de extravagancia que alguien diría locura, pero esto es ya otro debate. Es exagerado, quizá, sugerir que los relojeros de la ciudad ponían a punto sus máquinas recurriendo a Kant, pero no lo parece afirmar que en el siglo XVIII Kaliningrado era una urbe que se paseaba con cierto deleite bajo el encanto de sus parques y sobre lo problemático de sus puentes.

Por supuesto habrá quien conteste que si Kant se inspiró en su ciudad para escribir obras como la Crítica de la razón pura, será porque algo de horrible y monstruoso había ya en la ciudad. Pues ¿y qué saldría de su cabeza si contemplase la Kaliningrado actual? Bombardeada sin piedad en la Segunda Guerra Mundial, con la incorporación a la URSS se acabó con toda traza alemana que se hubiese conservado. Se replobó con pobladores rusos y ucranianos. Y se cerró a Occidente durante cincuenta años, en los que se desarrolló como un centro industrial y portuario brutal, además de base para la flota naval.

El resultado no sorprende a nadie. Ciudad fría y gris, sucia, sovietizada, la Catedral y alguna otra cosilla, como la Universidad (la Albertina) o la llamada Puerta del Rey, cumplen aquí el papel de guardianes de una memoria borrada. El puerto es tremebundo y nos susurra, como Sileno: no hay esperanza. La contaminación de las aguas es un problema serio, así como el aumento de enfermedades tales a la tuberculosis.

Pero no todo pinta tan negro como el petróleo que se extrae no muy lejos de la costa. Una compañera nos contaba que en Kaliningrado los coches paran en los pasos de cebra, al contrario de lo que parece suceder en Moscú. Y en algún foro he visto que un universitario español la calificaba de ciudad hermosa y/o estupenda. Muy bien. Nos encantan las actitudes positivas.

Aunque, cerca del mausoleo de Kant, de inevitable visita si se decide viajar a Kaliningrado, tenemos que preguntarnos qué haría el gran filósofo de vivir en nuestra época: ¿emigraría o no, él, que siempre fue reticente a acercarse siquiera hasta las afueras de la ciudad?

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Categorias: Rusia



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