Odesa, donde Ucrania se hace mediterránea

Odesa

Para quienes han sentido el vértigo de las puestas de sol atlánticas y finisterraes, acostumbrados a un océano abierto, ilimitado y, por así decir, salvaje e inhumano, el Mediterráneo siempre parece un mar de ambientes mórbidos, cargados, sensuales. No en todos sus puertos hay una Venecia, es cierto, pero como si la hubiese.

Ora, si se tiene esta impresión respecto al Mare Nostrum, ¿qué decir entonces de esa gran charca que es el Mar Negro? Pues en la costa del Mar Negro, entre los brazos de los ríos Dniéster y Dniéper, se halla la sin embargo no tan mórbida, ni cargada, aunque sí sensual, ciudad (hoy ucraniana) de Odesa (u Odessa).

Las riberas de este mar fueron colonizadas desde antaño. Los griegos habían fundado una ciudad en el emplazamiento de la actual Odesa. Cerca de un puerto comercial, llamado Odessos. Con el fin del Imperio Romano y las sucesivas invasiones de los pueblos euroasiáticos del norte, la ciudad fue destruida. Luego los turcos establecieron una guarnición. Pero sería, finalmente, la Rusia de Catalina II quien, tras obtener ese litoral de costa, decida fundar un centro comercial. En recuerdo de Odesso, bautizaron a la nueva ciudad Odesa. Corría la última década del siglo XVIII.

Odesa, ubicada en un extremo de Ucrania, tiene pinta de ciudad mediterránea. Pero la relativa cecanía de la estepa acaso convierta al aire de sus calles en más saludable. La disposición urbana es amable (según se mire) con el ciudadano, agradable para el viajero. Las vías largas y las manzanas regulares revelan las intenciones racionales y utópicas del urbanismo decimonónico.

El centro de la ciudad está a escasos metros del mar. El bulevar Primorski y la calle Deribasivska son dos de las arterias ciudadanas más importantes. Allí observamos elegantes edificios que de algún modo nos recuerdan las familias de alta burguesía que a finales del siglo XIX escogían Odessa como lugar de veraneo. La Ópera de Odesa es una de las maravillas de la ciudad. De estilo más bien ecléctico, fue acabada por dos arquitectos vieneses en el 1887, catorce años después de que el primer teatro, construido a principios de siglo, sufriese un incendio.

El edificio de la Universidad también resulta muy recomendable. Así como la visita al Museo Arqueológico, donde se exponen buena cantidad de restos griegos y romanos de toda la zona del Mar Negro. La escalera Potiomkin (o Potemkin) es una estrella cinematográfica. La casa-monumento al vate nacional de Rusia Alexandr Pushkin (1799-1837) se encuentra al final del bulevar Primorski, de fácil caminata gracias a la fresca sombra de sus orgullosos plátanos (acerca de estos bondadosos árboles, y de su fácil y apropiada imbricación con el urbanismo habría que decir algo en otra ocasión). En la otra punta del bulevar está el palacio de Woronzow, con su columnata majestuosa.

En lo que atañe a los templos, recomendamos la catedral de Iliya y, sobre todo, la iglesia de Panteleimon. En cualquier caso, iglesias (aquí ortodoxas) y lugares de culto no suelen faltar en ninguna ciudad europea ni mundial (lo que ya no sabríamos es si tal hecho denota sabiduría o sadismo, si nos hace estéticamente libres o nos vuelve ontológicamente melancólicos).

En definitiva, y pese a la destrucción de buena parte de la ciudad durante la segunda guerra mundial, recomendamos Odessa para conocerla como un puerto vivo, acogedor, definitivamente sensual y sin riesgo alguno de afectada morbidez. Para lo cual, ya lo saben, siempre nos quedará la Venecia literaria de Thomas Mann.

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