San Petersburgo, itinerario imperial

San Petersburgo

Quizá tiene razón el cronista cuando afirma que fundar una ciudad donde no había nada, a no ser pantanos y marismas, es un disparate. Pero el caso es que sobre el silencio de casi polar de la desembocadura del Neva se construyó una capital imperial no bien comenzaba el Dieciocho. El Dieciocho es el llamado siglo de las Luces, y Petersburgo probablemente deba agradecer haber nacido entonces y no, pongamos por caso, en pleno desarrollismo franquista. Al fin y al cabo, el racionalismo menos pedante y más amable es el que pertenece al campo del urbanismo.

Proponemos una pequeña ruta por el San Petersburgo del clasicismo. Solamente unos cuantos trazos. En realidad, durante sus primeros decenios la arquitectura petersburguesa (a ver si alguien me ayuda: ¿es correcto este gentilicio?) bebe del estilo europeo dominante hasta entonces, el barroco. Los años inmediatos a su fundación, Pedro el Grande atrajo multitud de ingenieros holandeses, alemanes e italianos. Así que era inevitable que de este cóctel de nacionalidades un cierto eclecticismo determinase los primeros años de la nueva capital rusa. No hay problema, así son al cabo todos los comienzos.

Pero poco después ya se impone el barroco, sí. Un barroco, digamos, expansivo, creador. Bartolomeo Rastrelli es el nombre a seguir. Por ir entrando en materia, será un alumno suyo (Chevakinski) el que proyectará la iglesia de San Nicolás de los Marinos (mitad del XVIII), cerca del canal Kriukov. La iglesia, de planta clásica en cruz griega, de piedra azulada y cúpulas doradas, con una decoración magnífica, posee un campanario-narciso, alejado, independiente y ensimismado con su reflejo en las aguas del canal. Dicen que así lo manda la tradición rusa. Tché.

Cuando Catalina II sube al trono, la cosa cambia. Se impone el gusto por la línea sobria, se abandona el oropel por el oropel, se moderan los arranques de rococó y se busca la inspiración en las columnatas griegas. El Palacio de Táurida ( mira que hay palacios en Petersburgo), por ejemplo, obra de un señor llamado Starov, es de una austeridad insuperable.

La iglesia de Nuestra Señora de Kazán, de principios del diecinueve (años de un Puschkin), tiene una columnata que recuerda a la Basílica de San Pedro, en Roma (¿o esa zona ya pertenece al Vaticano?). De los mismos años es el edificio de la Bolsa, construido por el francés (siempre tiene que haber un francés) Thomas de Thomon (la verdad es que el nombre no es muy galo, aunque sí galante). La fachada de este edificio parece imitar a los antiguos templos de la Jonia.

El Almirantazgo se halla en uno de los puntos importantes (se suele decir neurálgicos) de S. Petersburgo. La construcción actual data asimismo de la primera mitad del diecinueve. El cuerpo central, rodeado de distintos pabellones, es un arco de triunfo coronado por un pequeño templo al estilo jónico, sobre cuya columnata se levantan varias estatuas (que no cariátides), detrás de las cuales aparece la Flecha, el símbolo de Pertersburgo (no es de extrañar: siempre los símbolos de los hombres tienen forma fálica).

Por supuesto que hay cientos de cosas por ver durante tu estancia en Petersburgo. Nosotros sólo hemos propuesto algunas cosillas, sin perder el humor, sabiendo que el mejor itinerario es el que se traza uno  mismo. ¡Salud, aventureros!

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Categorias: Rusia



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