- Viaje a Europa del Este - https://viajeaeuropadeleste.com -

Ruta monástica por Rumanía

El antiguo principado de Valaquia se integró formalmente, merced a su unión con Moldavia, a mediados del siglo XIX en el nuevo estado rumano. Su herencia artística, cultural y religiosa está todavía vigente a los pies de los Cárpatos Meridionales, en el entorno del curso medio del río Olt, donde valles y colinas se suceden ofreciendo paisajes exquisitos.

Nos situamos en el perímetro de Râmnicu Vâlcea, ciudad no muy distante de Curtea de Arges, antigua capital de Valaquia y una de las poblaciones con más historia de toda Rumanía. Partimos desde Râmnicu Vâlcea porque es en sus alrededores donde nos toparemos con las mejores muestras del antiguo arte valaquiano de finales de la Edad media y primeros siglos de la Moderna. Arte en forma, principalmente, de estupendos monasterios.

Así lo ha admitido la Unesco, al declarar el monasterio de Horezu especie protegida, es decir, Patrimonio de la Humanidad. Igual y merecidamente afamado, bien que sin el reconocimiento de la Unesco, es el que se encuentra en la propia Curtea de Arges, mandado construir por el príncipe Neagoe Basarab. Adentrándonos en los valles del Olt, sin embargo, el número de construcciones religiosas aumenta para mayor gloria de nuestro piadoso gozo.

O no tan piadoso. Los monasterios evidentemente también pueden y deben ser admirados por los ateos. Si no, el marco natural de aquella zona colmará todas nuestras expectativas estéticas. En todo caso,  unos 20 km al norte de Vâltea nos espera el monasterio de Coza. Hacia el suroeste, en cambio, el monasterio Dintr-un-lemn. Por no hablar de los de Govora, Bistrita, et altri.

Como se ve, la excursión hay que planificarla bien, con tiempo. Necesitaremos al menos un fin de semana completo, porque además, repito, es menester dejarse impresionar por el paisaje haciendo parada, por ejemplo, en algún pequeño albergue de cualquier pueblecito perdido en las faldas de los Cárpatos. Pero sólo si llevamos ajo en nuestros bolsillos, no sea que tengamos un mal encuentro con un conde muy cinematográfico.

Bromas aparte, la visita debería rematarse en el monasterio de Horezu. Construido a instancias de Constantin Brâncoveanu a finales del XVII es la joyita de este período en esta parte del mundo o, por ser más concisos, la obra maestra del arte brancovino. ¿Y por qué no pernoctar en su hospedería, apartados por una noche de los impertinentes ruidos urbanos? No hará falta que nos vayamos a dedicar a ascéticos ejercicios espirituales. Sólo con poder echarle un ojo de mañana al monasterio, antes de la llegada del resto de turistas, merecerá la pena.