Trogir, la dulce cuna del Adriatico

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Comos hemos dicho ya varias veces, la costa de Croacia está repleta de lugares interesantísimos. Por una parte las grandes islas recuperadas para los circuitos turísticos desde hace años, cuya oferta de puntos de interés es amplia y variada. Por otra, la línea costera: una sucesión de pueblos y monumentos que hará las delicias de los espíritus sedientos de sosegada hermosura.

El otro día rememorábamos el encanto de Zadar. Un poco más al sur de la costa dálmata, antes de llegar a Split, nos topamos con la pequeña ciudad de Trogir, que un posee un innegable halo romántico y medieval. La ciudad, colonia griega en el III a.C, vio pasar después a los romanos para conocer su esplendor durante un período de tiempo considerablemente amplio. Desde la baja Edad Media hasta el mismo siglo del barroco, Trogit fue sobrellevando bastante bien el devenir de los años, cambiando estilos arquitectónicos e ideas urbanísticas sin que su fisonomía se resintiese.

Las calles y callejones del centro, no siempre fáciles de transitar, parecen retorcer el pavimento como raíces sobre la tierra. El caminante va avistando antiguas casonas o pasando por debajo de los arcos de las mansiones y de los soportales. El gozoso espectáculo de la pétrea historia de sus iglesias y edificios explica el hecho de que la Unesco le haya reservado un sitio en su lista de Patrimonios de la Humanidad.

La catedral de San Lorenzo es uno de los emblemas de la ciudad. Su famoso pórtico, de Radovan, no parece envidiar a su primo compostelano del pórtico de la Gloria, obra del maestro Mateo. A decir verdad, la catedral de Trogir es una de las más importantes de toda Croacia, tanto en su exterior románico (siglo XIII) aunque con las bóvedas de estilo ya gótico, como en sus partes íntimas, en donde luce un mobiliario escultórico impresionante.

En esta linda ciudad de la Dalmacia meridional hay más cosas que visitar. La plaza del ayuntamiento, punto caliente para la degustación de la buena arquitectura, iglesias como la de san Juan Bautista, monasterios como el de San Nicolás, la fortaleza de Kamerlengo sobre el Adriático… Pero lo mejor de la ciudad es el conjunto por sí mismo, la delicia de pasear por sus calles, el placer de imaginarnos disfrutando de ella no unas horas, o un día, o una semana, sino cómodamente instalados durante un par de meses. Sin mayor pre-ocupación que la de seguir viviendo.

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