Fertöd, el palacio de los Eszterházy, la música de Haydn

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Cada nación de Europa ha tenido su nobleza. La ambición de poder o el interés por seguir viviendo de rentas parecen comunes a todas, pero a partir de este punto las diferencias han sido significativas. En la Mitteleuropa, el refinamiento de la aristocracia es legendario. A veces no amaban sino el lujo, otras, sin embargo, fomentaron con criterio las artes y cumplieron papeles de mecenazgo.

El caso de la música es notable. En Viena y capitales afines los mismos príncipes llegaron a ser virtuosos intérpretes. Las veladas veraniegas en las terrazas de los jardines húngaros o versallescos de los grandiosos palacios rococós, bajo el claro de luna, y amenizadas por la música del Mozart de turno sentaron durante años las reglas de todo protocolo que presumiese de finura.

Ese gusto por la floritura y el despilfarro estaba presente en Hungría. La poderosa aristocracia se mandó construir palacios a cada cual más impresionante. Esztherháza es uno de ellos. Situado en las proximidades del lago Fertöd, a escasa distancia de Austria. Ese entorno austrohúngaro conforma un Parque Nacional que, en parte, ha sido declarado reserva mundial de la biodiversidad por la Unesco.

Este palacio de Fertöd es el palacio de los príncipes Esztherházy, en el XVIII una de las familias nobiliarias más insignes e influyentes de la región. El príncipe Nicolás I quería un Versalles para sus amigos y para él mismo, así que hizo levantar un conjunto residencial en una zona entonces muy poco adecuada para empresas de urbanismo utópico, por lo pantanosa e insalubre. Pero esa misma condición, pensaba el principe, destacaría la grandiosidad del proyecto.

Se abrieron canales, se drenó y desecó el terreno, se construyeron presas…A continuación, en menos de un lustro, se terminó el palacio y los numerosos edificios anexos. Todos eran portadores de una exquisitez que tenía que entusiasmar a los visitantes desde su entrada en el recinto. Una de las construcciones principales era la sala de la ópera, lugar de los conciertos donde el músico Haydn pudo expresarse libremente durante décadas.

La historia del palacio es meteórica y, por eso mismo, tan brillante como breve. Al morir su ideador el príncipe Nicolás, los herederos decidieron regresar a la residencia familiar de Eisenstadt. Durante más de siglo y medio el palacio permaneció cerrado, y la música de Haydn no fue sino recuerdo de fantasmas mezclado con el silencio que atravesaba las paredes del centenar largo de salas y salones.

Restaurado y acicalado, hoy resurge con las atenciones que le prodigan los turistas y la buena noticia es que, expurgada de prejuicios clasistas, la música ha vuelto a su seno.

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