Diocleciano y la ciudad de Split

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Fueron griegos de Sicilia quienes fundaron una colonia en el mar Adriático a la que se le dio el nombre de Aspalathos. Siglos más tarde una ciudad romana floreció a escasa distancia, pero tierra adentro: Salona. Oriundo de Salona, o de alguna aldea próxima, fue Diocleciano, el último emperador con el vigor necesario para intentar una restauración completa de la gloria de Roma.

En ese contexto hay que entender sus violentas campañas, a instancias de su protegido Galerio, contra los cristianos a principios del siglo IV… y la historia le dio la razón: cuando poco después el Imperio se ‘entregó’ al cristianismo buscando apoyo, lo único que encontró fue su ruina.

Lo que a nosotros más nos interesa es el formidable palacio que Diocleciano mandó construir a las afueras litorales de Salona, o sea en la antigua Aspalathos. Allí pasó el emperador dálmata sus últimos años, y allí surgiría la futura Spalato (cuando ya el latín devenía italiano), la actual ciudad croata que todos conocemos como Split.

Por la tanto la esencia histórica de Split se descubre entre los muros del palacio imperial del que nació. Eso es mucho decir, si prestamos atención. De ciudades que nacen del capricho de un poderoso está llena la historia. Pero que la comedida majestuosidad de un gran palacio-fortaleza se transforme en el bullicio cotidiano de una urbe, eso sólo ocurre muy de vez en cuando, como en Split.

Evidentemente que Split rebasó los muros de Diocleciano hace ya siglos. Sin embargo, se impone seguir partiendo desde su interior, si es que buscamos conocer esta ciudad. La planta del palacio configuraba (y configura) un rectángulo, uno de que cuyos lados mira a las aguas. Hay cuatro puertas históricas, por donde salen los turistas y entran las gentes que todavía viven en las casas intramuros.

Es una dulcísima excursión atravesar la Puerta ÁureaPorta septemtrionalis en latín, la principal, por la calle de Diocleciano (Diokleijanova Ulica) hacia el centro del antiguo palacio, esto es, hacia el corazón de la ciudad medieval. Sobre la puerta, una capilla del siglo XI.

No menos dulce será penetrar el recinto por cualquiera de las otras tres puertas. La Puerta Argéntea, Porta orientalis, la Puerta de Hierro, Porta occidentalis, y la Puerta de Bronce, o Porta meridionalis. Porque, como sea que fuese, nos saldrá al encuentro el antiguo esplendor de Roma agudamente retocado con los cosméticos e implantes de las épocas posteriores. Visible y rectora, la influencia veneciana.

Ahora bien, la belleza de Split no se reduce al interior del viejo palacio (cuyo mausoleo convertido en catedral es uno de los edificios a destacar). Mismamente en ese entorno, pero ya extramuros, topamos con destellos de la rica y hermosa vida diaria de una ciudad mediterránea, adriática. El mercado de pescado, eje de la calle Mormontova (en honor de un general de Napoleón), se halla al oeste, mientras que el animado Bazar, cerca de la basílica de San Dominik, nos espera al este.

A partir de aquí, ya sólo queda dejarse contagiar por el espíritu alegre de la ciudad, recorrer el empedrado de sus calles o disfrutar de una caminata por el paseo marítimo. Iglesias y museos tiene el centro de Split con los que regocijarnos (¡quién diría que se trata de una ciudad con un importante tejido industrial por el arrabal!).

Además, Split es también la puerta de otro paraíso: el de las islas croatas del Adriático: Solta, Brac, Hvar, Vis… están ahí para embelesarnos.

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